La mesa junto a la ventana
Volvió al pueblo en octubre, con una maleta pequeña y una dirección que ya no necesitaba consultar.
Habían pasado diecisiete años. La plaza tenía bancas nuevas, la farmacia era ahora una tienda de artesanías y el hotel donde se había hospedado con Elena anunciaba internet de alta velocidad. Ella habría encontrado muy gracioso aquel letrero.
El café seguía en la esquina.
Entró más por cansancio que por valentía. Había imaginado ese momento muchas veces, siempre con una emoción precisa. Ahora solo sentía hambre y le molestaba una piedrita dentro del zapato.
—¿Una mesa? —preguntó la joven detrás de la barra.
Señaló la que estaba junto a la ventana.
Desde ahí, Elena había dibujado la plaza en una servilleta. Nunca supo dibujar árboles: parecían brócolis. Él se lo dijo y ella añadió un mesero diminuto que los servía en un plato.
Pidió café y pan de naranja.
—El pan tarda unos minutos. Está saliendo.
Se quitó el abrigo. Afuera, un hombre barría las hojas y el viento se las devolvía con una obstinación casi personal.
Buscó en el teléfono la fotografía de aquella mañana. Elena aparecía despeinada, riéndose, con la servilleta levantada frente a la cámara. Por primera vez en mucho tiempo, amplió la imagen para mirar otra cosa: la taza, la mesa, la manga de su propio suéter.
La joven dejó el café.
—¿Está esperando a alguien?
Él tardó un poco en contestar.
—No. Esta vez vine solo.
Ella asintió y acomodó el azucarero.
El pan llegó tibio. Partió un trozo y, por costumbre, estuvo a punto de dejar la mitad al otro lado de la mesa. Sonrió al darse cuenta. Elena siempre decía que no quería y terminaba comiéndose el suyo.
Sacó del bolsillo un papel con los sitios que pensaba visitar. Había organizado todo para regresar a casa esa misma tarde.
—Disculpa —llamó a la joven—. ¿El hotel de enfrente sigue siendo bueno?
—Mi tía lo lleva. Si quiere, le pregunto si tiene habitación.
Miró la plaza. El hombre de la escoba había terminado por sentarse en una banca.
—Sí, por favor.
Mientras esperaba, tomó una servilleta y pidió prestada una pluma.
Dibujó un árbol.
Le salió un brócoli.

